miércoles, 15 de febrero de 2006
Las flores amarillas.
El amor puede ser un juego, pero yo no lo quiero jugar. Para mí es un instinto, que a pesar de razonarlo, siempre será involuntario e incomprensible para mí, como un reflejo. La inspiración es un sentimiento, no es una persona. Es el sentimiento provocado por la persona que inspira, la persona que te hace sentir. Las palabras materializan el sentimiento (por más complicado que esto pueda ser) no la persona. La palabra es una emoción entintada y plasmada, extirpada con el fin de aligerar la carga del interior.
No sé si es el corazón el órgano responsable del amor y sus efectos. Pero una vez sentí un fuerte dolor en el pecho, cuando pensé que ya no te iba a volver a ver. No sé si alguien pudiera realmente volverse loco a causa del amor. Pero una vez ví tu cara en todas las cosas y te confundí con todas las personas y relacioné todo lo que escuché contigo y pensé que nunca más podría ser capaz de pensar en otra cosa que no fueras tú.
Hoy no sé si dedicarle un poema. Aquél que escribí cuando lo que siento ahora lo sentía por otra persona. Pero si la inspiración no es la musa sino el sentimiento que provoca, el poema es del sentimiento y no de la musa en sí. Por eso no es que dudo, sino por el hecho de jugar mis emociones bien. Hay cosas que no podrán ser como yo las idealizo. Una de ellas es que el camino del amor no es una carretera amplia y recta, sino un pasaje lleno de veredas escondidas en medio de un frondoso bosque nocturno. Y, al parecer, eso es algo que tendré que aceptar.
sábado, 11 de febrero de 2006
Sin más ni más.
Puede que se oiga muy mamión pero ya van varias veces que sueño que andamos, jajaja. Chiale, lo siento como esos sueños en los que pasan cosas muy normales y que al despertar no recuerdas si lo soñaste o lo viviste, porque sueñas cosas relacionadas con lo que viviste. Pero bueno, me despierto con esa incertidumbre pero luego luego se me va, al razonar que si fuera cierto, yo lo sabría!.
Los sueños anteriormente descritos no son tan losers como pudieran parecer a primera vista (nomás un poquitou...) porque no es así como que "el sueño es que yo andaba con Ella", nooo, el pedo es que sueño que pasan cosas, que hacemos algo acá normal pero que yo sé, en el sueño, que los dos andamos. Bueno, es algo así, pero pos... se siente chilo.
Vértebra, este pinchi post se trataba de poner una pendejada y terminé hablando de Ella, chiaale, ya me está preocupando esta situación. Pero bueno, olvidemos que he escrito todas esas joterías y pasemos a las pendejadas propias de este post sin sentido ni propósitou.
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Sobres pues, a ver qué pasa. Noticias, luego. Por ahora, ¡¡¡a la party!!!.
lunes, 6 de febrero de 2006
Jelou
La neta el post de la crónica será en otra ocasión porque orita me embarga la hueva como pocas veces y no sé qué vergas hacer para que no pase de embargues.
Por lo prontou sólo quiero decir que el cuento que me he tomado la libertad de segmentar en los posts anteriores no es de mi autoría. Pertenece a una amiga que fue muy chingón de su parte regalármelo en mi cumpleaños. Gracias, Len. El título sí es mío, jaja. Todo lo demás es de ella y, debido a que me identifico mucho con el personaje y su situación y su sentir, pues decidí ponerlo aquí en el blog, que no había tenido una cosa así de buena desde que... empezó, jajaja.
Bueno, ya con esta me despidou, no sin antes presentar algo que también es de la autoría conjunta de Len y yogurt. Lo escribimos una vez que estábamos por entrar al cine y quedó más chilo de lo que había esperado y creído. Me gusta más porque también me hace pensar en Ella y porque este puede ser, sin proponérmelo, el primer poema que le dedico.
se pone más denso frente a tus labios
cuando respiras y una bocanada tuya
produce que se rompan en mitades perfectas
y se diluyan en un suspiro todas esas palabras
que no podemos decirnos.
jueves, 2 de febrero de 2006
La caja rosa. VII
Una vez instalados en el interior del vehículo y que éste empezó a andar inició lo que sería la conversación de despedida.
-¿Qué harás mañana? –preguntó Silvia-. ¿Regresarás al trabajo?
Oliver asintió.
-¿En verdad te agrada lo que haces? –lo cuestionó Silvia.
Oliver negó con la cabeza.
-La verdad es que sólo llegué hasta ahí siguiendo el rumbo lógico de las cosas –le contestó.
-Lógico y fácil –agregó ella.
-¿Qué me sugieres?
-Nunca es demasiado tarde para empezar –le dijo Silvia-. Puedes hacer algo que en verdad te guste, y hacerlo bien desde el principio.
Oliver rió. Silvia tenía el don de hacer que las cosas parecieran mucho más fáciles de lo que en verdad eran.
-¿Y qué debo hacer con todo esto? –preguntó Oliver- ¿Meterlo en una caja?
-Búrlate, si quieres –le contestó Silvia, arqueando una ceja-; pero podría funcionar.
-¿Y tú? –preguntó Oliver-. ¿En verdad te gusta lo que haces?
-Estoy bastante satisfecha –dijo ella-. Por ahora…
-Deberías abrir tu propio negocio –sugirió Oliver-. Puedes diseñar y vender cajas para guardar pensamientos.
-¿Y quién las comprará? –preguntó entre risas Silvia- ¿Tú?
-Búrlate, si quieres –contestó él-; pero tal vez lo haga.
Silvia miró con sus ojos el cielo pálido que precede al atardecer.
-Pensándolo bien, no es una mala idea.
Al poco tiempo regresaron al lugar donde Oliver había visto a Silvia por primera vez en aquel semáforo que ahora estaba en verde. Silvia vivía a una cuadra de ahí en un edificio de departamentos. Oliver la llevó hasta la entrada y detuvo el auto.
-Creo que aquí termina. Hemos llegado –dijo Silvia señalando el edificio y después se volvió hacia Oliver-. Muchas gracias por todo Oliver. Ha sido todo un gusto conocerte.
Oliver creía que debería ser él quien le agradeciera a ella por ese día. Hacía mucho tiempo que no tenía un día así, en el que sintiera la valentía de dejar a un lado la rutina por hacer algo diferente y en verdad disfrutar cada minuto.
-¿En qué piensas? –le preguntó Silvia.
Oliver despertó de su trance y miró a Silvia con ternura.
-En que ya es suficiente.
Silvia sonrió y entendió que hacía referencia a lo que ella había dicho horas antes. Le daba gusto ver el cambio que había surgido en él y pensar en que ella había tenido algo que ver en eso la hacía sentirse orgullosa de sí misma. Se miraron un gran rato y ella acarició la cara de Oliver mientras pensaba que no quería abrir la puerta del auto, pero tendría que hacerlo tarde o temprano. Afortunadamente, Oliver creó una nueva excusa para posponer ese momento cuando se acercó a ella para besarla.
Sus labios, glaseados de color rosa, estaban fríos; pero eran dulces, tal como él había pensado. Así quería sentirse por el resto de su vida. No tenía nada que ver con tener un buen trabajo o con encontrar el amor verdadero. Era algo más allá, más pequeño, aunque tal vez más grande. Acariciaba el cuello de Silvia y por un momento la sujetó de la nuca sin intenciones de dejarla ir; pero poco a poco la fue soltando. Acomodó el cabello de Silvia detrás de su oreja, lo cual en su opinión la hacía verse, si era posible, más hermosa.
Había un rasgo de melancolía en la mirada de Silvia cuando por fin se decidió a abrir la puerta del auto.
-¿Volveremos a vernos? –preguntó Oliver, que aunque sabía la respuesta a su pregunta, no se perdonaría quedarse callado.
-Creo que tienes que arreglar algunas cosas primero –le contestó Silvia.
Ambos sonrieron. Ella salió del auto y él la siguió con la mirada. No alcanzó a dar dos pasos cuando regresó y se asomó por la ventana del auto. Oliver bajó el vidrio y se inclinó hacia ella.
-Quiero darte algo –dijo Silvia extendiéndole la mano.
Oliver tomó la caja metálica que Silvia había comprado y la miró extrañado.
-¿Estás loca? –le preguntó-. Todo empezó porque necesitabas urgentemente comprar una caja. ¿Por qué ahora me la das?
-Ya no la necesito –le contestó ella-. Creo que podría servirte más a ti.
Oliver le agradeció el detalle.
-Aunque… -dijo Silvia- ¿Podría quedarme con la pimienta? Creo que se me ha acabado.
Ambos rieron y Oliver sacó el pequeño frasco de la pimienta del interior de la caja y se lo entregó a Silvia.
-¿No vas a meterme a mí también en la caja, verdad? –preguntó Silvia.
-No –le contestó Oliver-. A ti te guardaré en una cajita color rosa, como esta mañana.
-Me gusta ese color –dijo Silvia muy satisfecha.
-Lo sé.
-Adiós Oliver.
-Adiós Sisi.
Esa mañana no había ropa en la silla vieja. Oliver se levantó después de dormir tan sólo por tres horas. Había pasado toda la noche empacando sus pertenencias en cajas de cartón. Sólo tomó un café y se acomodó el cabello con un poco de agua. Traía puestos los mismos pantalones de mezclilla y camiseta azul del día anterior, pues era lo único que quedaba sin empacar.
Salió a la calle. Todavía no salía el sol. Si tenía suerte, alcanzaría a salir de la ciudad antes de quedar atrapado en el tráfico por al menos media hora más de lo que tenía planeado. Un día antes dejó su renuncia firmada en el escritorio de su jefe tal como éste se lo había pedido. La renta del mes ya había sido liquidada y los servicios cancelados.
Subió al auto. El asiento trasero y el maletero estaban repletos de cajas de cartón. Un camión de mudanzas pasaría más tarde a recoger las cajas más pesadas y los muebles que quedaron en la casa. Se acomodó en el asiento y se puso los lentes oscuros sobre la cabeza para no tardar en encontrarlos cuando saliera el sol.
Pudo salir de la ciudad sin complicaciones. La carretera estaba limpia y despejada. Prefirió conducir con la ventana abierta a encender el aire acondicionado. No le importaba despeinarse o ensuciarse con el polvo que levantaba el camino. Tomaría un baño cuando llegara. No solía escuchar música al conducir, mucho menos cantar; pero ahora lo hacía.
Sin descuidar la atención al frente, alcanzó con la mano una de las cajas en el asiento trasero y sacó una bolsa de plástico. Dentro estaban la caja marrón con borde dorado y una pequeña caja de madera pintada color de rosa. Oliver sonrió; pero no como acostumbraba sonreír. Estaba aprendiendo a esbozar una sonrisa optimista. Tomó la caja metálica y la observó por un momento; después la tiró por la ventana y se olvidó de ella.
FIN
miércoles, 1 de febrero de 2006
La caja rosa. VI
-¿Quieres sentarte un momento? –le preguntó Silvia, señalando con la vista una banca en la acera.
Juntos se sentaron y por un momento no dijeron nada.
-El problema es dejar las cosas inconclusas –dijo Silvia.
Oliver no sabía muy bien de qué estaba hablando; pero ella continuó antes de que él pudiera preguntarle.
-Cuando algo queda inconcluso; la mente trata de encontrarle un final –le explicó-. Por eso te pasas las noches despierto, pensando en todo lo que está mal, en lo vacía que es tu vida. Por eso te despiertas y no sabes qué hacer más que lo que dicta la rutina. Por eso no disfrutas las fiestas, ni la comida, ni la compañía de nadie, incluso la tuya.
-¿Cómo sabes eso? –preguntó Oliver.
-Porque no eres el único que se ha sentido así.
La idea de que no era el único no lo hacía sentir mejor en absoluto, pero la idea de que ella lo entendiera, sí. Con su dedo pulgar acariciaba el de ella y se preguntaba por que no todos los días pudieran ser como ese. Le amargaba la idea de que ella se iría y que él regresaría a la rutina y todo perdería sentido de nuevo. Tampoco tenía fuerzas para luchar porque ella se quedara porque sabría que no duraría. Nada duraba.
-Todos cometemos errores Oliver –le dijo ella-; pero si no los enfrentamos nunca podemos hacer las cosas bien. Los errores son para aprender de ellos y continuar con algo nuevo.
-¿Algo nuevo?
-Algo que te guste, algo que disfrutes. –explicó Silvia-; pero para eso necesitas dejar atrás tus dudas.
Silvia lo miraba fijamente; pero los ojos de él estaban perdidos en el cielo. Sus dedos seguían entrelazados; pero ella notó que los de él ya no estaban fríos como antes. De pronto, él se volvió hacia ella como queriendo encontrar respuestas a todas esas preguntas que se hacía.
-¿Cómo lo hiciste? –le preguntó- ¿Cómo metiste un pensamiento en una caja y no permitiste que saliera.
La mirada de Silvia se volvió triste y él sintió como apretaba su mano contra la suya.
-Decidí que ya era suficiente.
El viento empezó a soplar más fuerte y frío y notó que Silvia era sacudida por un escalofrío. No sabía si fue debido al viento o a las emociones que despertó en ella el recordar aquellos pensamientos que habían estado guardados mucho tiempo. Cualquiera que fuera el motivo, él no tuvo más que abrazarla y sentir cómo se iba calmando en sus brazos. Oliver se sintió bien de poder reconfortarla, se sintió fuerte y útil para algo más que para encontrar errores en la contabilidad de alguna empresa desconocida.
Cuando se separaron, él le quitó los cabellos de la cara y levantó su barbilla con la mano.
-Creo que aún tienes una caja que buscar –le dijo él, sonriendo.
-Sí, es verdad –dijo ella y soltó una pequeña risa.
Se levantaron de la banca y continuaron caminando hacia el poniente. Platicaban como si se conocieran desde años atrás. Entre risas y bromas se acercaban y alejaban constantemente el uno del otro. Oliver no volvió a intimidarse ante el contacto físico con ella, e incluso no titubeaba en tomarla de la cintura y atraerla hacia él. Encontró la mirada de una mujer extraña que parecía decir que eran el par de locos enamorados más adorable que había visto y le gustó.
De pronto, Silvia se detuvo en seco y le brillaron los ojos al ver una pequeña caja metálica marrón con borde dorado que se exhibía en un aparador.
-¿Ésa es? –preguntó Oliver.
Ella asintió con la cabeza y lo jaló al interior de la tienda. Un hombre muy formal estaba a cargo e inmediatamente se dirigió a ellos para atenderlos. Iba a presentarse y a preguntarles si podía mostrarles algo, cuando Silvia lo interrumpió.
-Quiero esa caja –dijo señalándola con el dedo.
El hombre se dirigió al aparador, tomó la caja y regresó con ella al mostrador para enseñársela a Silvia.
-Éste es un especiero en miniatura –dijo el hombre-, contiene nueve pequeños frascos con diferentes especias. Aquí está la pimienta, comino, laurel…
Ella impidió que el hombre siguiera con la demostración y sacó todos los frascos del interior de la caja. La tomó en sus manos y la vio por todo ángulo. Después, miró a Oliver, muy satisfecha.
-Es perfecta –dijo, y después se volvió hacia el encargado-. Quiero comprarla.
El encargado estaba un poco confundido y trató de explicarle una vez más a Silvia que aquella no era una caja sino un especiero en miniatura y le mostraba todos los pequeños frascos con sus etiquetas. Como todo buen vendedor, encontraba las palabras precisas para describir cada cosa y resaltar su gran valor, y todo lo hacía mientras con cuidadosos movimientos de su mano izquierda procuraba que ningún cabello en su cabeza estuviera fuera de su lugar.
Silvia, tratando de ser todavía amable, manifestaba una y otra vez al encargado que no necesitaba un especiero, sólo la caja. Era claro que el encargado no entendería jamás, y Oliver hizo señas a Silvia de que le siguiera la corriente y comprara el especiero, con frascos y todo, después de todo, ya estaban incluidos en el precio. Silvia suspiró, dándose por vencida, y por fin accedió a comprar el especiero. Todavía le tomó un momento más al hombre empacar el especiero, meterlo en una bolsa y cobrar. Oliver insistió en pagar, pero Silvia no lo dejó.
-Creo que ya te he molestado suficiente el día de hoy –le dijo.
Oliver sonrió tratando de decirle que no era verdad. Ese día había sido por mucho, el más interesante en su vida desde hacía mucho tiempo. Salieron de la tienda muy contentos con la bolsa en mano e instintivamente caminaron en dirección opuesta al auto. Al pasar frente a un restaurante de comida china Oliver la invitó a comer. Silvia aceptó.
Se sentaron en una mesa con vista a la calle y se reían al recordar al encargado de la tienda.
-No puedo creer que le cueste tanto trabajo reconocer que sólo necesito una caja y no un especiero –decía Silvia-. Si le hubiera dicho que la quería para guardar un pensamiento seguramente habría llamado al manicomio.
Oliver rió y recordó cómo hacía unas cuantas horas él mismo había considerado que Silvia estaba demente. Ahora le parecía tan normal verla levantar las manos y las cejas para acompañar cada palabra que hasta temía haber enloquecido también. Verla a ella era ver todo lo que le faltaba. No le faltaba una mujer, le faltaba una razón para vivir. Se daba cuenta que aquello que le había faltado todo este tiempo hacía la diferencia para que dos personas tan parecidas como Silvia y Oliver fueran tan diferentes.
Estar con ella creaba la ilusión de que todo estaba bien, de que su vida estaba completa. Pero Silvia no le pertenecía. Para completar su vida necesitaba arreglar lo que en verdad era suyo: esa masa de pensamientos ambulantes y sin orden que día tras día y noche tras noche lo perseguían.
-Me hubiera gustado conocerte en otras circunstancias Silvia –le dijo Oliver-. Mi vida es un desastre en estos momentos. Me hubiera gustado conocerte con todo mi ser, no sólo con lo que queda de él.
-Yo creo que nos conocimos en el momento perfecto –le contestó ella-. Necesitaba algo más que un ride al centro esta mañana; necesitaba un amigo. Te necesitaba justo a ti.
Oliver la miró por un largo momento y deslizó sus manos sobre la mesa para tomar las de ella.
- Creo que tienes razón –le dijo-. El momento perfecto.
Después de salir del restaurante siguieron caminando por las calles antes de decidir regresar al auto, incluso se detuvieron en una plaza a tomar café con pan dulce. El camino hasta el auto pareció ser más corto de lo que ambos esperaban. Incluso sintieron algo de tristeza al darse cuenta que el día estaría a punto de terminar.
martes, 31 de enero de 2006
La caja rosa. V
No, buscar una caja no sonaba estúpido; pero…¿buscar una caja para guardar los pensamientos? Eso sí parecía estúpido, sin embargo no quería herir sus sentimientos.
-No veo cómo se puedan guardar los pensamientos en una caja. No hay forma de materializarlos –repuso Oliver.
-No, no se materializan –dijo ella-; pero sí que pueden guardarse. Algunas personas compran diarios para escribirlos. Yo compro cajas para guardarlos.
Oliver no sabía qué pensar de aquella idea. Parecía una locura; pero lo puso a pensar. Él no hacía nada con sus pensamientos. Por lo general sólo pensaba en ellos durante un momento para después descartarlos. Sus pensamientos no eran de ninguna forma productivos, consistían en su mayoría en despreciar su vida y añorar algo faltante. Tal vez esa realidad podría ser más patética que la de Silvia. Al menos ella sabía qué hacer con sus pensamientos: los guardaba en cajas. Si por un momento los pensamientos se materializaran, los de ella estarían todos en cajitas mientras los de él estarían perdidos por toda la ciudad, encerrados en la cajuela y enterrados en su almohada. ¿Quién era él para juzgarla?
-¿Y por qué la urgencia de guardar un pensamiento? –le preguntó él, interesado.
Ella se sorprendió que él no la creyera una demente o que al menos le siguiera el juego. Sintió confianza en contestar.
-Acabo de terminar con mi novio –confesó-. Sin embargo, su recuerdo está siempre conmigo, y me hace miserable. No puedo concentrarme en el trabajo, no pongo atención por dónde camino, me la paso sentada en el sofá de mi casa pensando que él está al lado mío, incluso olvidé llevar el auto a reparar. Tengo que guardar los pensamientos que tienen que ver con él. Tengo que seguir adelante.
Su explicación era tan sencilla que tenía sentido. A la gente le costaba trabajo seguir adelante porque seguía pensando en el pasado. Aunque Oliver no acababa de entender bien cómo meter los pensamientos en una caja podría ayudar a seguir adelante. En ese momento, Oliver vio el gran edificio gris al que acudía cada día a trabajar. Empezaba a sentirse curioso por Silvia y su búsqueda de una caja; sin embargo tenía que trabajar. Cada quien debía seguir su camino. Aquello no era una amistad sino un favor que le había hecho a una desconocida.
-Silvia, ha sido agradable conocerte y te deseo suerte buscando tu caja –dijo Oliver muy formal-. He llegado a la oficina, así que me temo que es lo más lejos que puedo llevarte.
-Es perfecto –dijo ella agradecida-. Caminaré desde aquí, nunca se sabe dónde puedo encontrar lo que busco.
Silvia sacó sus lentes de sol de la bolsa y se los puso mientras Oliver orillaba el auto para que ella bajara. Se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta al momento que volteó hacia Oliver.
-Gracias, Oliver. Que tengas un buen día en el trabajo.
-Nunca son buenos, pero gracias –le contestó él.
Ella salió del auto y cerró la puerta. Sabía que no volvería a verla. Era la primera vez en años que sentía que en realidad se había conectado con alguien y ahora ella salía de su auto y él iría al trabajo, a decirles a los demás qué estaba bien y qué estaba mal sin saber todavía qué faltaba en su vida. Volvió la sonrisa pesimista, al saber que nada bueno pasaría de ahora en adelante. Justo cuando se disponía a arrancar, creyó tener un dejá vu. Silvia estaba ahí, saludándole de nuevo. Oliver bajó la ventana.
-Estaba pensando –le dijo ella-, ¿quisieras acompañarme a buscar la caja?
Oliver no sabía qué contestar. Hace unos instantes había pensado que no volvería a ver a Silvia en su vida, y ahí estaba ella, invitándolo a acompañarla.
-Tengo que ir a trabajar –le contestó.
-¡Vamos! –le dijo ella insistente-. ¿Vas a decirme que eres indispensable en tu trabajo? ¿Qué si no vas tú nadie sabrá que hacer y todo será un desastre?
No, probablemente no. Nunca había faltado al trabajo, lo que lo hacía pensar que era de alguna forma importante para la compañía; pero ahora que lo pensaba, nadie era importante ahí. El presidente de la compañía ni siquiera los conocía. Si alguien fallaba, lo despedían, así de simple, sin importar que nunca hubiera faltado. A lo sumo, cuando llegara a la oficina al día siguiente, lo esperarían más papeles que de costumbre en el escritorio. Tal vez ésa era la oportunidad que estaba esperando. Tal vez haciendo algo diferente, buscando en otros sitios, encontraría lo que le faltaba. Se sintió como un estudiante escapándose de clases, emocionado de hacer algo que se supone no es debido.
-Voy a estacionar el auto a la vuelta de la esquina.
Arrancó y creyó ver a Silvia dando un pequeño brinco de alegría. Dejó el auto estacionado a escasas cuadras de la oficina. No le preocupó siquiera que alguien del trabajo lo viera encontrarse con una pelirroja mientras se suponía debía estar trabajando. Ella lo alcanzó enseguida.
-¿Tienes idea de por dónde empezar a buscar? –preguntó Oliver.
Silvia negó con la cabeza.
-Parte del encanto es mirar hacia todas partes –le dijo-. A veces, volteamos a donde jamás lo haríamos, y encontramos cosas que no esperamos ver.
Oliver sonrió incrédulo ante esta declaración; pero queriendo tratar de creerla también. De pronto regresó a la idea de que estaban vestidos con los mismos colores. Esta vez no le importaba lo que pensara la gente. Incluso la idea de que pudieran creer que eran una pareja le causó un secreto entusiasmo. Nunca había sido bueno en las relaciones amorosas, así que el que lo vieran caminando con una mujer, vestidos con atuendos que hacen juego, como si fueran la pareja ideal lo hacía sentirse realizado y satisfecho. Sabía que era una ilusión; pero el que los demás pudieran pensarlo lo hizo sentirse menos mal consigo mismo.
Silvia platicaba haciendo muchos aspavientos. Contaba de cómo había encontrado anteriormente cajas para sus pensamientos. Para otro ex novio, por ejemplo, a quien le gustaban los autos, había encontrado en la basura una caja vieja de batería para auto. Sacó la batería y guardó los pensamientos del ex novio en la caja. También tenía una caja para la vergüenza. Ahí había guardado el pensamiento de que todos en el trabajo habían visto aquel agujero en su pantalón que ella descubrió hasta llegar a casa en la noche.
-Y las cajas –se preparó a preguntar Oliver, ya intrigado con la conversación-, ¿deben ser de cierta forma o color específico?
-Depende –le contestó ella.
-¿De qué?
-Si es un pensamiento que quiero olvidar o recordar –dijo ella muy seria.
Aunque quería entenderla, no podía. Silvia era tan distinta a él y a todas las personas que conocía que le costaba trabajo pensar que era real. Tal vez en su decepción de la vida la había inventado para entretenerse. Si otra persona le hubiera contado que guardaba sus pensamientos en cajas, la hubiera creído loca. A Silvia no la consideraba una loca; al contrario, cada palabra que salía de su boca estaba llena de un significado y sentido al que el jamás había siquiera aspirado en su vida.
El viento parecía soplar más fuerte entre los edificios. Sacudía el cabello de Silvia como si éste quisiera seguir los ademanes de sus manos. Sus ojos de nuevo se veían rojizos. Habían caminado unas cuantas cuadras hacia el poniente sin visitar ninguna tienda ni detenerse en alguna parte.
-¿Qué tipo de pensamientos vale la pena recordar? –preguntó Oliver.
-Muchos –contestó Silvia-. A menudo tienen que ver con mi familia. Como el cumpleaños de mamá. Tengo que ponerlo en una caja especial, de la que lo pueda sacar con facilidad para acordarme de llamarla.
Oliver escuchaba sin decir nada, pero saboreando cada palabra.
-Hay muchos pensamientos más que vale la pena recordar –continuó ella-. Los amigos, los buenos momentos, las cosas que uno ha hecho bien. A veces siento que mi vida carece de sentido y es entonces cuando tengo que recordar algo bueno.
La atención de Oliver se despertó al escuchar aquello. Constantemente creía que su vida carecía de sentido, mas nunca encontraba algo bueno en qué pensar. Comúnmente seguía ahogándose en el absurdo hasta que terminaba dormido o medio ebrio y sólo esperaba que amaneciera para volver a tener algo qué hacer, fuera lo que fuera.
-¿Algo bueno? – preguntó Oliver pensando en voz alta-. Es tan difícil pensar en algo bueno cuando hay tantas cosas malas.
-Por supuesto que es difícil –le contestó-. Es por eso que siempre trato de deshacerme de esos pensamientos. Hay cosas que no ayudan en nada, sólo son un estorbo, es por eso que las encierro en algún lugar donde no puedan regresar.
Ella entendía a Oliver pues muchas veces se había sentido así. Con su mano, intentó tocar la de él, pero la detuvo el temor de que aquel gesto pudiera ser demasiado personal, así que sólo tomó su muñeca. Oliver se estremeció un poco y Silvia pensó que había sido buena idea no tocar su mano. Él no estaba acostumbrado a que los demás lo tocaran; pero no le molestaba que ella lo hiciera. Por un momento, se sintió aliviado de descartar la idea de que Silvia no fuera real. No sabía bien como reaccionar ante ella y eso lo ponía notablemente nervioso.
Silvia parecía muy apenada y retiró la mano, desviando la vista y tratando de retomar la conversación. Mientras pensaba en una forma rápida de regresar a la conversación, unos dedos fríos impidieron que su mano izquierda entrara en el bolsillo de su saco. Oliver, en un momento impulsivo y tan sorpresivo para él como para ella, había entrelazado sus dedos con los de Silvia y dirigía su brazo más hacia su cuerpo. Silvia se quedó atónita un momento, y después volteó a verlo y le sonrió.
domingo, 29 de enero de 2006
La caja rosa. IV
No se sentía cómodo de llamar Sisi a una mujer que acababa de conocer. No se sentía incluso bien de llamarla Silvia. Prefería no llamarla de ninguna forma.
-¿En qué trabajas, Oliver? –preguntó.
En ese momento se arrepintió de haber subido aquella mujer parlanchina a su auto. No quería contarle nada de su vida. Hasta consideró darle un nombre falso cuando se lo preguntó. No veía cómo ayudarla podía brindarle satisfacción a su vida si hasta ahora el viaje al trabajo había sido un tormento. De lo que menos quería hablar era de su vida rota y sin sentido. Ya suficiente era con levantarse todos los días a trabajar y conducir hasta la oficina como para seguir hablando de eso en lo que debería ser su momento de reflexión, de soledad. Recordar la mirada de la mujer que cruzaba la calle fue lo único que impidió que no detuviera el auto y decirle a Silvia que era lo más lejos que podía llevarla. Nunca le había importado lo que los demás pensaran y sin embargo, ahora todas las miradas parecían puñales clavados en su espalda.
-Soy auditor –contestó a secas-. Trabajo para una compañía que hace auditoría externa.
-Ah, vaya –dijo Silvia con cierto descontento.
-¿Qué pasa? – preguntó él, para su sorpresa, con cierta picardía-. ¿Eres del tipo de las personas que juzgan a la gente por su trabajo?
Ella sonrió. Por un momento sintió que la barrera entre ellos se había venido abajo, lo que le permitió expresarse con toda franqueza y desenvoltura.
-No –dijo ella, girando los ojos hacia arriba-. No tengo razones para creer que eres un tipo aburrido que se encarga de señalar los errores de todos y es incapaz de ver los propios.
Oliver borró la fugaz sonrisa de su rostro. Ella de inmediato sintió que había ido demasiado lejos con el comentario y que la barrera había vuelto a erguirse aún más alta que antes. Curiosamente, Oliver no estaba enojado. Silvia tenía razón. Era un tipo aburrido al que le pagaban por buscar errores cuando ni él mismo sabía qué estaba mal en su vida, o peor aún, qué estaba bien. Tanta sinceridad visiblemente lo alteró. Una desconocida había venido a hacerle ver sus verdades. Qué ironía.
-Lo siento –se disculpó ella muy apenada-. No debí haber dicho eso. No lo pienso, de verdad.
Verla tan preocupada le provocó risa a Oliver y por primera vez en el viaje, sintió simpatía hacia ella.
-No te preocupes –le dijo sonriendo-. Puede que tengas algo de razón. Me temo que ahora tendrás que decirme a qué te dedicas tú.
Ella lo miró aliviada. Pensó que Oliver era de los que no sonreían; pero ahora veía que las sonrisas le quedaban bastante bien. Todos coincidirían en que Oliver era un hombre apuesto una vez que les preguntaran; sin embargo, pocas personas realmente lo creerían sin haberlo meditado, tal como ahora lo creía Silvia.
-Soy diseñadora –dijo ella-. Diseño muebles y accesorios de decoración.
Oliver quería gastarle una broma y decir algún comentario negativo sobre los diseñadores; sin embargo, no se le ocurrió ninguno. No conocía ningún diseñador. Habría sido más fácil si hubiera sido contadora, o vendedora, o abogada.
-Si piensas que estamos todos locos de tanto inhalar resina, solventes y demás químicos –se le adelantó ella-, probablemente tengas razón.
Ni siquiera sabía que los diseñadores usaban todo eso. No se los imaginaba más que dibujando con lápices de colores; pero agradeció el comentario que dejó las cosas parejas entre ellos. Ya no tenía miedo de hablar con ella. Le hubiera agradecido que le hiciera más preguntas sobre su vida. De cierta forma, hablarle a alguien más y burlarse de las situaciones ayudaba. No estaba habituado a tener compañía, incluso prefería no tenerla; pero ahora, se percató que incluso estaba sonriendo mientras conducía, y no tan pesimista como antes.
Silvia movía los cabellos rojos con sus manos que corrían a tapar su boca que reía. Si nunca hubiera ido a tocar la ventana de su auto no la habría visto parada en la calle. Era del tipo de personas que jamás se notarían en una multitud y no obstante, después de intercambiar unas palabras con ella, era imposible de olvidar.
-Dime Silvia ¿qué es ese asunto tan urgente que tienes en el centro de la ciudad?
Ella dudó en contestar. Pensó en decir alguna mentira; pero finalmente se animó a decir la verdad.
-Estoy buscando una caja –contestó.
-¿Una caja? –preguntó Oliver, pensando que había escuchado mal-. ¿Tu asunto urgente es buscar una caja?
En aquel momento pensó en que la teoría de la resina y los solventes tal vez era verdad.
-Sé que suena estúpido –dijo ella- pero no lo es. Es muy importante para mí. Necesito una caja para guardar mis pensamientos.
La caja rosa. III
-Disculpe que lo moleste –dijo tratando de aplacar la mascada en su cabeza. –Mi auto se ha descompuesto y tengo un asunto urgente. ¿Puede usted llevarme?
Oliver no sabía qué hacer. Todo ese asunto había sido muy inesperado. El viento, el ruido, aquella mujer pidiéndole que la llevara. Eso no pasaba todos los días y lo hacía sentir confundido. No tenía por qué ayudar a la joven. No la conocía y además no tenía tiempo para ocuparse de los asuntos de los demás. Escasamente tenía tiempo para descifrar cuáles eran sus propios asuntos; sin embargo, sentía la rara necesidad de aceptar ayudarla. Tal vez eso era lo que le faltaba. Nunca había ayudado a nadie. Algunas personas encontraban satisfacción en ayudar a los demás. ¿Sería esa la solución? En algún momento entre todos aquellos pensamientos, su mano se escurrió casi inconscientemente hasta el botón que desactivaba los seguros del auto.
Ella no dudó en entrar. Actuaba con una naturalidad que resultaba intimidante. Se instaló en el asiento, subió el vidrio, se abrochó el cinturón de seguridad y se quitó la mascada de la cabeza para anudarla alrededor de su cuello. Él admiraba sorprendido aquel ritual hasta que el sonido del claxon de otro auto lo hizo darse cuenta que el semáforo ya había cambiado a verde, quién sabe hace cuánto tiempo.
Trató de recuperar el tiempo perdido arrancando rápidamente, sólo para ir a atascarse en el tráfico unos cuantos metros después. La mujer seguía arreglándose la mascada y guardó los lentes oscuros en la bolsa. Vestía una falda negra y una blusa y saco verde, al igual que la mascada. Su cabello era rojizo. No era ningún experto; pero parecía que el color era natural. Sus ojos, aunque tal vez por truco del sol, también parecían tener algo de rojo. Enseguida volvió la vista al camino cuando ella volteó a verlo.
-Agradezco mucho que me hayas ayudado –le dijo, olvidando que hace unos instantes le hablaba de usted –. Sé que en estos tiempos casi nadie se detiene a ayudar a alguien en la calle.
Oliver trató de restarle importancia al gesto. Después de todo, aquella acción no fue cien por ciento desinteresada o voluntaria. En parte se debía a su búsqueda por aquello que le faltaba y en parte porque en verdad no se dio cuenta del momento preciso en que le abrió la puerta. Hubo un pequeño silencio así que él por fin se decidió a preguntarle a dónde iba.
-Voy al centro –le contestó –. Supongo que tú también vas hacia allá. No se puede ir a muchos lados con esa ropa de trabajo.
El asintió con la cabeza. Faltarían al menos otros veinte minutos para llegar al centro y el tráfico era mortal. Aun así, no se animaba a entablar conversación con su pasajera. Dijo que iba al centro, sin embargo no había precisado el lugar exacto. Tal vez se trataba de algo personal y prefería no entrometerse. Ella, por el contrario, parecía ser de las que no les gustaba el silencio, y parecía inquieta por empezar a hablar.
-Estamos vestidos con los mismos colores –dijo ella con cierto entusiasmo.
Lo que decía era verdad. Los colores coincidían. En lugar de entusiasmo, la coincidencia le ocasionó un poco de pena. A los ojos de los demás podían parecer de esas parejas que buscan atuendos que hacen juego. El pensar que alguien podría relacionar que ellos dos eran una pareja le incomodó. No porque ella fuera fea o desagradable en algún sentido, sino porque nunca había sido bueno con las mujeres. Su indiferencia, apatía y falta de atenciones habían hecho fracasar muchas relaciones.
Otro semáforo en rojo. Una mujer transeúnte pasó frente al auto y echó una mirada al interior. Oliver sintió una punzada al pensar que la mujer podría estar juzgando en ese momento la poca atención que le ponía a su compañera. Incluso tal vez creería que la idea de los atuendos combinados era un intento desesperado de parte de ella por salvar la relación. Las mujeres hacen ese tipo de cosas, cosas que sólo aprecian otras mujeres como ellas. Cuando por fin arrancó el auto sintió un gran alivio. Su compañera parecía no haber notado la mirada de la otra mujer. Ella se concentraba viendo el cielo.
-La mañana es rosa –dijo ella riendo -¿Lo has notado?
-No –contestó Oliver.
Mentía. Fue lo primero que notó al salir de su casa; pero el hecho de tener otra cosa en común con ella le producía escalofríos.
-Me gusta el color rosa –decía ella, más para sí misma que para alguien más –. Pronto desaparecerá el color del cielo. El sol ya brilla fuerte.
Sus ojos rojos se pusieron tristes. Bajó la mirada de nuevo al automóvil y el tono rojo pareció volverse marrón común. Se frotó las manos y suspiró. Volteó a ver a Oliver, quien intentaba ignorar que sentía su mirada tan fuerte que lo ponía nervioso.
-No me he presentado, has de pensar que soy muy maleducada.
-La verdad no lo había pensado –contestó Oliver.
-Me llamo Silvia. Silvia Silvana Sanmiguel Sepúlveda –dijo ella, sonriendo, y anticipó cualquier comentario que pudiera seguir-. Mis padres estaban enamorados de la letra S. mi hermano se llama Sócrates Salomón. Creo que al menos a mí me fue mejor.
Aunque Oliver no pensaba hacer comentarios sobre su nombre, agradeció que aquella explicación saciara su curiosidad.
-Yo soy Oliver Vargas.
-Mucho gusto Oliver –dijo Silvia sonando como una adolescente-. Por cierto, puedes llamarme Sisi; es más sencillo.
jueves, 26 de enero de 2006
La caja rosa. II
Mientras buscaba algún trozo de papel para limpiar el parabrisas él mismo, el sonido de golpes lo hizo voltear a la ventana. Una mujer de lentes oscuros con una pañoleta sobre la cabeza golpeaba el vidrio del lado del copiloto y saludaba alternadamente, en espera de una respuesta. Probablemente se trataría de alguna vendedora o una voluntaria de la Cruz Roja buscando donativos. Tratar de ignorarla parecía inútil, ya que ella seguía saludando, como si estuviera segura de que él respondería.
Como si no le quedara opción, bajó el vidrio. Fue como si abriera una puerta en ese mundo aislado en el que habitaba dentro de su propio auto. Los ruidos del exterior empezaron a introducirse en aquel pequeño espacio y a rebotar por sus rincones, haciéndose aún más evidentes y molestos. También se dio cuenta del fuerte viento que soplaba afuera, y cómo éste sacudía la pañoleta de aquella joven mujer, que ya sin el vidrio entre ellos, aparentaba tener menor edad de lo que en un principio le pareció.
No se trataba de una vendedora ni una voluntaria de la Cruz Roja. Aquella joven pedía algo mucho más complicado.
La caja rosa. I
Oliver salió aún anudándose la corbata pero echó una ojeada al cielo, con la certeza de que sus dedos habían anudado tantas corbatas que no necesitaban la supervisión de sus ojos. El amanecer era rosa. Una sonrisa se apoderó de él. No era el tipo de sonrisa optimista sino el peor tipo: la sonrisa pesimista. Cuando uno empieza a sonreír en esos casos es indicio de que ha acabado por encontrarle un cierto amor al pesimismo porque nunca lo defrauda. Recordó lo que la gente entiende por ver la vida de color de rosa. Ahí estaba él, viendo la vida color de rosa en el más literal de los sentidos y sin embargo, no le quedaban esperanzas para pensar que aquéllo era señal de que algo bueno iba a pasar. El rosa definitivamente estaba sobrevaluado.
Tampoco manejar le costaba esfuerzo de concentración, al menos no cuando conducía hacia el trabajo, así que en esos momentos se daba tiempo de pensar. Hacía mucho ya que había estado buscando algo y no sabía qué era. Algunos buscaban aventura, otros, amor; otros poder. Todos tienen sus razones para buscar lo que buscan. Él también tenía una razón: algo le faltaba. El problema es que cuando no se sabe qué es lo que falta es muy difícil encontrarlo.
Su problema había sido caminar sin rumbo por mucho tiempo. Evidentemente había llegado a un lugar; pero no sabía a dónde o qué representaba. Así que ahí estaba. Toda su vida era ese lugar al que llegó por azar, por caminar sin rumbo. No era raro que en ese lugar vivieran más personas perdidas al igual que él. Al menos, su teoría era que el reciente aumento en el índice de suicidios se debía a que estas personas perdidas por fin habían encontrado aquel lugar donde deberían estar.
El suicidio no era algo que le pasara por la mente; pero entendía casi siempre a quienes lo cometían. La idea de morir le dio escalofríos. Oliver simpatizaba más con la idea de dejar la gran ciudad para irse a vivir en algún lugar tranquilo y pequeño, otra nueva tendencia de los últimos años. De todas formas, había una razón por la que seguía en esa gran ciudad y por la que seguía avanzando en las páginas de su vida aún sin entender muy bien de qué se trataba su historia.
Algo le faltaba. De alguna manera sabía que no podía morir hasta no saber qué es lo que buscaba y sabía que una vez que lo encontrara, no querría morir para no dejarlo. Así que sin saber mucho más, aquello que buscaba era la razón de su existencia, lo tuviera o no.
lunes, 23 de enero de 2006
Mientras...
jueves, 12 de enero de 2006
wooow...
Quisiera saber las cosas con certeza. Todavía no es hora de que aprenda a confiar en mis instintos, a pesar de los múltiples intentos de éstos por demostrarme que son muy acertados. Como decía anteriormente, creo que esta vez no estuvo tan mal como los demás años. Me la pasé chingón en Año Nuevou y en mi cumple tambor. Parece como si siguiera solo única y exclusivamente por voluntad propia. Trato de mantenerme calmado y creo que lo único que realmente me preocupa es ser capaz de ganar mi propio dinerou. El título de "Desempleadou" no es uno que me agrade muchou, aún y cuandou no me emocione mucho la idea de ser millonario. Creo que esa necesidad de encontrar trabajo viene de la obligación moral que siento hacia mi mamá de retribuirle de igual manera el esfuerzo que realizó para sacarme a mí y a mi hermana adelante. "Sacar adelante"... ¿adelante de qué?... De eso sí estoy segurou: lo anterior es la principal razón por la que me desespera no estar ganando algo de feria todavía. Aunque no es la única, obviamente. También está el deseo de echar andar mis proyectos y de medir realmente mis fuerzas en el mundo real.
Pero en estos momentos realmente no sé que chingados me depara en la vida. Parece que sólo está ahí, la vida esperando a que yo me decida a hacer algo, lo que sea, cualquier cosa. Siempre he pensadou que, en la vida real, es más difícil cuando alguien tiene muchas opciones a cuando solamente se tiene una opción en la vida. Suena medio azotadou, egoísta, superficial, jactancioso y ridículou, al menos para mí sí, pero creo que es la verdad. Por eso a veces me siento así, tan perdido por tener que decidir uno de tantos caminos. Yo, que me gustaría recorrerlos todos y al mismo tiempo. Quisiera ser un electrón...
Todavía sigo sin escribir nada. Aunque ya en las noches empiezo a soñar algunos versos y en el día me siguen a donde voy, siempre acompañados de Su cara y esa sensación en el estómagou que no me parece del todo buena. La verdad no quisiera todavía escribirle algo. Me gustaría que me diera aunque sea un ligero indicio de que de alguna manera y en alguna magnitud siente algo parecido a lo que yo siento por Ella. Esperaré hasta que me lo dé. El indicio... Lo que no me gusta de esto es que, conociendo cómo es Ella, tendré que preguntar...
viernes, 23 de diciembre de 2005
Post-Navidá
Pos sí, con la novedá que hay dos, tal vez tres, cosas muy importantes por hacer en este recesou de fin de añejou. Uno de ellos es grabar, ahora sí por fin, nuestro primer discou. Así es, el Capitán Tejuino se reúne con espíritu navideñou y todo el pedou para organizarse y ponerse truchas por dos semanucas para dejar evidencia de lo chingón que tocan y gritarlo al mundou y a la gente de mazachussetts, bueno, por lo menos los que vayan al Dionisio's el prótsimou viernes 30 a las 9. Bueno, diunavez me wa aventar el comercial completou pa la raza que es medio huevas y no le gusta buscar entre líneas las cosas:
Viernes 30 @ Dionisio's
Capitán Tejuino
LIVE
Alternandou:
Seis
Otros hueyes (esperamos)
Y bueno, eso es una cosa importante por hacer, la segunda me la quedou pa mí por eso de que si lo cuentou no se cumple, aunque ya casi toda la raza familiar y amistosa está informada de eso. Esperemos que todo salga machín bien.
La tercer posible tarea para esta navidá tiene que ver con el hecho de que ya no me siento tan solapas este fin de añou. En un post anterior había explicadou cómo estas pinches fechas siempre tienen el efectou de una ruptura de corazón severa en mí. Esta pinchi ocasión es un tanto diferente, la neta no sé muy bien porqué, pero tengo un presentiemientou de que este año no va a terminar igual que los pasados.
Pos simón, a ver qué pedernal, chingadou, otra vez la pinchi melancolía, vale madre. Este pinchi friyo cabrón y entristecedor. Vale madre. Happy Christmas y merry new year...
jueves, 15 de diciembre de 2005
La frase del día.
[Snow Patrol, Run]
lunes, 12 de diciembre de 2005
Semipost
Hay muchas más cosas de las cuales escribir aparte de mi indecisión en temas del corazón (así o más jotou??) pero mas sin embargou, las ideas se me apilan y en realidad termino concluyendou (como debe de ser) que no sé de qué chingados wa escribir.
Existen varias cosas que me gustaría que se cumplieran en esta etapa de mi vida y, tal vez, hablaré de ellas más tarde. Pero siempre he sentidou, o bueno, por lo menos desde que tengo memoria, que si deseas algo con mucha fuerza y con todo tu corazón corres el peligroso riesgo de que no se cumpla. Un pensamiento un tanto pesimista pero me gusta considerarlo como que no le tomo importancia a las cosas que salen mal o que no salen en lo absolutou. Es una muy buena táctica o filosofía o lo que sea, que me ha funcionadou bien desde hace mucho, me sirve de protección contra muchas de las cosas que me pasan en la vida, pero bueno, como casi todo en la pinchi vida, esto también tiene su contraparte negativa y es que con esta forma de pensar tampocou le doy mucha importancia a las cosas que en verdad la tienen. O sea, que si se dan las cosas pues bien y si no se dan pues también. Lo cual me desespera hasta mí mismou, ¿cómo puede ser que deje escapar tan fácilmente algo que significa tanto para mí? la respuesta es la misma a porqué no me awito cuando alguna pendejada sale mal. A veces me caga ser tan pinchi lineal, objetivo y, digamos, coherente, que tengo que ser lo que creo ser y si tomo una determinación la llevo a cabo aunque algunas veces dude de ella. El pedou es tomar la pinchi determinación...
Y en esta etapa de mi vida también hay cosas que me incomodan, que no están bien, que no funcionan y/o que están dejando de ser lo que solían ser. Muchas veces me dan ganas de irme a cualquier parte lejos, a vagar a conocer el pinchi mundou, pero cada vez que lo pienso me doy cuenta de lo cobarde que soy como para hacerlo, porque no encuentro ninguna razón de peso para no hacerlo.
Pero buenou, a ver qué vergas. No tenía pensado escribir tanto, aunque sentía que tenía que escribir algo. Empiezo a desesperarme y creo que en algún momentou prontou tendré que explotar.